
Si si, todo esto en un lapso de dos horas, no lo podíamos creer. En el auto el aire estaba denso y las miradas penetrantes de cada uno lo decían todo. Nadie hablaba mucho, mejor dicho, nadie quería hablar mucho porque sabía que podía hacer estallar una bomba. Seguimos avanzando hasta que uno no se paro de reír, fue la gota que necesitábamos para que el aire se renueve, nos relajemos, y tomemos a los hechos como experiencia de la que aprender.
Finalmente a las 14 hs aproximadamente nos adentramos a Verónica. Preguntando de tanto en tanto llegamos al destino tan deseado: la vieja estación de trenes. Bajamos todos, Anabel con la filmadora en mano, Fe con la cámara de fotos, Migue con carpetas y papeles y Seba, se podría decir un ayudante, con el trípode. Entramos a una de las salas de la estación, (hoy día sede de la Secretaría de Cultura y Turismo de Verónica y parada de micros) al encuentro de Pablo para conocerlo personalmente y que nos guíe hacia las distintas casas donde nos esperaban ansiosos los entrevistados.
Analizando junto a él el cuadro de situación tuvimos que aceptar que todo lo que nos habíamos pautado iba a ser imposible de llevar adelante. Por suerte Pablo se lo tomo muy bien, nos supo comprender. Es que él fue quien nos pautó las entrevistas: una a las 13 hs (ya suspendida por el retraso en la ruta); otra a las 15; después a las 17.30hs y para el día domingo, en Pipinas a las 10 de la mañana. Fue así que en ese momento teníamos la certeza que sólo iba a ser posible visitar dos casas en los dos horarios del medio.
15: 24 horas. Llegamos a una casa a dos cuadras de la estación. Pablo toca el timbre y en pocos minutos Juan Adolfo Reichenbach abrió la puerta y nos invitó a pasar. Apenas entramos comenzaron las preguntas: de dónde son? Qué están haciendo? Para qué? Cómo? Cuándo? Así nos presentamos, así nos conocimos. Juan, hombre de 83 años, empezó a contar su historia con pasión, nos habló de cuando funcionaba su cine, el único en todo el pueblo, de cómo iba a esperar los rollos a la estación de tren. Lo escuchábamos atentos, interesados. De pronto se asomó Inés, su mujer, quien a pesar de habernos dicho que no quería hablar no dejó de meter bocado cuando podía, de contarnos sobre sus hijas que estudiaron en La Plata, de cuando fue en tren a Buenos Aires a tenerlas, de las maestras y el médico que trabajaban en los distintos pueblos y se manejaban gracias al ferrocarril.
Era difícil cortarlos, querían decir todo lo más exacto posible. Se miraban, aseveraban y continuaban hablando. Nos contaron de la Base Naval y el ferrocarril, también de cómo la gente del pueblo acostumbraba a reunirse en la estación como si fuese una plaza. De pronto una pregunta desató una lista: el correo, los distintos productos que se comercializaban en el pueblo, los parientes, el progreso, todo venía por el tren.
La charla continuó y con ella los suspiros de nuestra dupla comenzaron a ser cada vez más extensos y los silencios cada vez más pronunciados. Después de varias preguntas contaron con gran esfuerzo y nostalgia sobre el cierre del ferrocarril, cómo se había vivido en el pueblo, las prácticas que se modificaron y el envejecimiento de la población.
Hablaron de una leve organización social para pedir que se reabra el tren pero que no se consiguió nada. Después Inés agregó un dato crucial: en aquellos años ya era una época jodida y no se podía hablar mucho, que si hablabas de más podías ser considerado un “subversivo”.
Ya nos acercábamos a las cinco de la tarde y teníamos que irnos a otra casa. Hicimos la última pregunta, Juan se mantuvo unos segundos pensando, arrancó con firmeza concluyendo en lo importante que es el ferrocarril para el país, la unión que significa, el desarrollo, progreso, aquellas características que en un tiempo atrás fueron reales.
17 horas. Llegamos a la casa de Anastasia Lebied de 87 años donde nos esperaba junto su amiga, Eva Rusnak, ambas inmigrantes ucranianas, y su hija Esther Ponazanski. Saludamos y anticipándonos a las preguntas nos presentamos.
En un principio la intención nuestra fue hacer la entrevista en el patio donde el jardín era un destello de colores y formas pero el frío nos hecho para atrás. Fue así que pasamos al living donde nos esperaban masitas y café. Empezamos a observar el espacio, la luz y el posible lugar de la cámara. Con mucho respeto corrimos un par de sillas, abrimos aún más la persiana y le pedimos una lámpara para poder lograr hacer del living un lugar apto para que la filmación salga correctamente.
Una vez acomodado todo, Anabel presionó el botón de grabar y la entrevista empezó.
La gran estrella fue Anastasia que nos contó entre lágrimas la huída de su país y la llegada a la Argentina en 1936. Nos habló de anécdotas del largo viaje en barco, su estadía en albergues de inmigrantes hasta llegar al pueblo de Verónica donde su padre pudo se dueño de un pedazo de tierra.
Le preguntamos sobre el ferrocarril y el pueblo pero se le hacía difícil centrarse en eso. Pudimos notar la necesidad de dejar sentado de donde vino, el dolor que significó el desarraigo, y la gran satisfacción que produjo en ella lo bien que habían sido recibidos en Argentina.
Habiéndose presentado, Anastasia nos contó de cuan importante era el ferrocarril para el pueblo, que ella lo utilizaba mucho desde su rol de comerciante. Era su transporte a La Plata y Buenos Aires donde compraba ropa para poder venderla a los ciudadanos de Verónica.
Habló de la comodidad del tren, de las distintas clases en las que uno podía viajar; y también de aquellos años previos al cierre cuando el servicio comenzó a empeorar: las máquinas solían pararse por horas, y cada vez el horario de llegada a destino se tornaba más incierto.
Esther y Eva metían bocados cuando podían. No se les escapó mencionar a las maestras y al médico que viajaban en el ferrocarril, como así también la importancia del tren en materia de progreso para el pueblo.
La hija de Anastasia nos contó que tenía fotos de su madre en la estación y en distintos lugares del pueblo, fotos viejas que nos parecían por demás interesantes. Nos prometió buscarlas para la próxima vez que vayamos. Así fue que caída la noche la entrevista comenzó a desestructurarse y llegar a su fin.
Como cierre, Anastasia dejó sentado la falta de comprensión que sentía al ver que otros países seguían conservando sus redes ferroviarias y que en el nuestro se las había dejado morir.
Agotados de toda una jornada de filmación, Anabel apagó la cámara, saludamos a nuestras últimas entrevistadas y nos dirigimos a la Estación para saludar a Pablo y tomar notas de futuros testimonios. Subimos al auto, pasamos a comprar unas empanaditas para saciar el hambre y emprendimos el regreso a la ciudad de La Plata.
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