febrero 20, 2010

De Verónica a Pipinas en un santiamén


Con el camión al mando de Fe, música de fondo y mate de por medio, emprendimos viaje hacia nuestro primer destino, Verónica. Allí nos esperaba Elio de María, ex empleado ferroviario, a quien lo pudimos contactar luego de varios llamados telefónicos durante la semana y acordar el encuentro para las 11 de la mañana.
Al haber salido con el tiempo justo, recién estábamos llegando a la ciudad cuando nuestros relojes marcaron la hora pactada. Nos pusimos nerviosos por la impuntualidad y llamamos a avisar de nuestro retraso. Entramos a la ciudad y preguntamos cómo llegar a la calle 31 N° 1629 entre 32 y 34, la gente nos indicó correctamente y apurados nos dirigimos a lo de Elio, quien nos había tirado el dato de que era fanático de Boca y su casa era la que tenía el tanque de agua pintado con los colores de aquel equipo que lo apasiona.
Pasadas las once y media de la mañana llegamos a la calle en cuestión y, como era de esperarse, nadie prestó atención a la numeración más que a los tanques de agua. Fue así que los tres con la mirada hacía arriba dimos al mismo tiempo con el azul y amarillo, con la casa de nuestro entrevistado. Tocamos timbre, aguardamos unos pocos segundos y Elio abrió la puerta y nos invitó a pasar.
Mientras intercambiamos ideas, observábamos detenidamente su living para elegir el lugar adecuado donde ubicar la cámara. Elio tenía una mirada profunda que denotaba una persona seria y sensible. No había empezado la entrevista y ya nos había comenzado a contar de los ferrocarriles entregándonos dos fotocopias de notas que escribió sobre éstos. Con los escasos minutos que habían transcurrido pudimos dar cuenta que estábamos frente a alguien que sabía mucho sobre la temática y por sobre todo, que había vivido en constante contacto con los trenes.
Era hora de comenzar a grabar. No queríamos perdernos ninguno de los datos que nos iba diciendo. Lo sentamos frente a la cámara, al lado de ventana, Anita apretó el botón rojo y la entrevista comenzó.
Elio fue preciso en todo lo que nos contó. Sus recuerdos eran contundentes y coherentes, como si los hechos hubiesen pasado hace un par de días. Lo escuchamos con atención. Habló sobre su trabajo, el empeño que le ponía, su relación con los distintos empleados ferroviarios, el asadito que solían organizar a un costado de la estación. Pasó por la relación entre el pueblo y la estación, lo que significaba ésta para el pueblo: la gente visitaba la misma para ver quienes venían o se iban, e incluso muchos ajustaban sus relojes con la bocina de llegada o partida del tren.
Nos contó de las maestras, de lo linda que eran y en especial de una que venía de Magdalena de la que todos estaban enamorados. Las preguntas fluían a la vez que él recordaba aún más. Llegamos a la época en que el ferrocarril se cerró y Elio se mostró indignado, no para con nosotros sino por el hecho que le tocaba recordar. Fue algo triste para todo el pueblo. Nos dijo que nadie se opuso, claro, estando los militares en el poder. Explicó que se lo esperaba por la falta de inversión y mantenimiento que distintas líneas ferroviarias venían sufriendo, y remarcó lo absurdo que fue aquella medida. La fuerza con que contaba los hechos era increíble, estábamos seguros que Boca no era su única pasión.
Ya casi al final de la entrevista, entre las distintas anécdotas que nos contaba, Elio se nos quebró. Sus ojos empezaron a brillar y dejaron caer algunas lágrimas. Le preguntamos lo último: qué era el ferrocarril para el. Se quedó en silencio por unos segundos, reflexionando. Nos explicó entre otras cosas lo importante que fue para el país, la unión que trajo consigo, el progreso de las distintas zonas a donde llegaba. Se enojó por la situación actual de los ferrocarriles argentinos, comparo con Europa, y nos explicó que no se los puede medir por el rédito económico ya que ningún tren da ganancias, sino que hay que pensarlos en base al servicio social y público que brindan.
Con esta respuesta dimos por terminada la hora y media aproximadamente de entrevista. Elio estaba contento, nos felicitó y nos dijo que le habíamos hecho recordar cosas que las tenía muy guardadas. Le pedimos por favor robarle un tiempito más para sacarle algunas fotos y con la amabilidad que tuvo desde un principio posó al son de los flashes de María Fe.
Muy agradecidos, nos despedimos afectuosamente y nos dirigimos a una pizzería para almorzar. Ahora estábamos con tiempo, faltaban dos horas aproximadamente para llegar a nuestro segundo destino, a quince minutos de Verónica. Para las 4.30 de la tarde habíamos quedado encontrarnos con Héctor Gadea, ex empleado de Crocemar, en su casa en Pipinas.
4.30 PM – Pipinas. Héctor y su señora nos esperaban ya con la pava en la hornalla. La familia de su hijo estaba de visita así que también los pudimos conocer, una pareja joven con una hijita rubiecita y tierna. A los pocos segundos de haber entrado en su hogar, la amabilidad y buena onda de los Gadea hizo que nos soltáramos enseguida.
Entre charla, mate y chistes fuimos explicando el sentido de la entrevista y del tabajo en general. A todos les pareció interesante y en especial a Héctor que tenía muchos recuerdos que contar. Así fue que en un ambiente relajado pusimos la cámara en un buen lugar, lo acomodamos frente a ésta y empezamos a preguntar.
Al principio Héctor hablaba poco, parecía que de golpe no tenía muchos recuerdos. Su mujer lo ayudaba de atrás, tiraba algún nombre, una fecha y él al instante recordaba pero con algunas diferencias respecto a la versión que ella tenía. Se miraban, discutían, se reían y llegaban a un acuerdo. A medida que la entrevista fue avanzando, Héctor se fue metiendo de lleno en las preguntas, ya no necesitaba la “ayudita”, claramente los nervios de la cámara pasaron y se dejó llevar por sus recuerdos.
Nos contó sobre su trabajo en Crocemar, los vagones que salían cargados hasta las masetas para distribuir la producción en el país. Dijo que eran muchas toneladas y que eso provocaba que a veces las vías no aguanten y el tren descarrile. Llegó el turno de la noche y nos decía que mucha gente iba a los bailes de los distintos pueblos y después dormían en la estación esperando el tren y que en Pipinas, como era la última de todas, muchos entraban a los vagones, un arreglo con los distintos ferroviarios.
Nombró la linterna como algo muy importante porque Pipinas tuvo luz recién en la década del 60. Con la misma en la mano la gente iba a recibir a quienes llegaban de noche.
Como en Verónica, la estación era un lugar de encuentro social para el pueblo. Muchos se reunían para ver la llegada o partida del tren, para saber quienes se iban o llegaban. Nos contó que así como Crocemar sacaba toneladas de cemento, el tren también llevaba las pocas producciones de granjeros que a pulmón tenían sus micro emprendimientos.
Pasaron los minutos y Héctor seguía recordando, añorando aquellos años en que se escuchaba la bocina del ferrocarril. La charla se puso un poco seria al contarnos cómo la desaparición del tren fue también la desaparición de aquellos pequeños emprendedores, de esa economía que podría decírsele regional. Y así fue que con la mirada gacha y tocándose las manos, Héctor nos afirmó que el cierre había sido terrible para el pueblo, una gran tristeza.
Dimos por terminada la entrevista, apagamos la cámara y el silencio volvió a ser interrumpido por las risas. El clima de alegría de aquel hogar no nos dejó de sorprender en ningún momento. Las historias de Héctor habían sido interesantes y nuevas, sin embargo, se notó ansioso por conseguirnos a los mejores testimonios de su pueblo. Fue así que nos ofreció contactar a Jorge, ex empleado ferroviario que despidió al último tren, y Delia, la señora encargada del correo. Entusiasmados y agradecidos aceptamos la propuesta y quedamos en contactarnos en la semana para arreglar la vuelta a Pipinas.
Los Gadea nos ofrecieron su casa para hacer las próximas entrevistas a lo que aceptamos enseguida. Muy agradecidos y pensado en lo afortunado que éramos por cruzarnos con ellos, saludamos con un fuerte abrazo y beso a cada uno y emprendimos el retorno; queríamos quedarnos pero ya era tarde, estaba oscureciendo y Fe tenía dos horas de ruta hasta La Plata.

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